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Afiche película “El fabuloso destino de Amélie Poulain”

Voilà, ma petite Amélie, vous n’avez pas des os en verre. Vous pouvez vous cogner à la vie. Si vous laissez passer cette chance, alors avec le temps, c’est votre cœur qui va devenir aussi sec et cassant que mon squelette. Alors, allez-y, nom d’un chien!

 

CINE: CRITICA
El ingenio puede más que todo

PABLO O. SCHOLZ. DE LA REDACCION DE CLARIN
Amélie es un personaje de un cuadro de Renoir. Está ahí, observando, y no es fácil repetir sus gestos. El hombre de vidrio, un vecino en la vida real de Amélie, que copia y copia la misma pintura del maestro, no lo logra descifrar.

No pasa lo mismo con la nueva película de Jeunet (coautor de Delicatessen) que si bien continúa con su paleta de colores ocres para pintar caracteres, aquí se lanzó a una visión más optimista del mundo que rodea a su protagonista. Estéticamente, Jeunet es un saltarín. Ama el zoom sobre sus personajes, el montaje rápido, la sobreexposición. La velocidad alternada de la película pasando por su cámara capta detalles, y obliga a agudizar la mirada. El ingenio corre por su cuenta.

Si hasta cuando se repite —las cosas que le gustan a Amélie— Jeunet es surrealista.

La película abre con una media hora arrolladora, que describe la infancia de Amélie, criada “por una neurótica y un iceberg”. Cuando su padre médico se acerca a auscultarla —única vez que tiene contacto físico con su hija—, su corazón se exalta, él ve una enfermedad cardíaca y la confina en su casa. El humor que se impone en la trama nos habla de un pez que intenta suicidarse, saltando de la pecera… Amélie no llega a tal extremo, pero poco a poco se encierra en sí misma hasta convertirse en una solitaria empedernida.

Y crea un universo de fantasía propio.

Ya mayor, Amélie trabaja en Les Deux Moulins, un café en Mortmartre, junto con una hipocondríaca vendedora de cigarrillos y otros personajes un tanto tipificados. En su edificio también viven personas bastante arquetípicas (el hombre de vidrio; la concierge, que llora a su marido que se fugó a Sudamérica; un verdulero que maltrata a su ayudante con problemas físicos). Pero Amélie es humana, le gusta respirar el perfume de la época —venganza— y lo hace con personajes que le desagradan.

La vida de Amélie Poulain cambia el día que muere Lady Di y, por casualidad, o no, encuentra detrás de una pared de su departamento una cajita oxidada con tesoros infantiles, guardada por un niño cuarenta años atrás. Y ella se compromete: si encuentra al adulto, se decidirá a ayudar a todas las almas tristes con que se cruce.

La fábula a esta altura ya está preparada. La niña solitaria se convertirá en santa heroína, por más que Amélie no se hubiera cruzado con Nino, personaje tan rico como ella. Aquella elección de Renoir no es gratuita: los homenajes van más allá y rozan a Marcel Carné y René Clair.

Porque si hay algo que abunda en Amélie es ingenio, gracia y saber aprovechar la ingenuidad del espectador para construir una fábula encantadora, por momentos delirante y deliciosa. La estrella es Audrey Tautou (la joven peluquera de La belleza de Venus), rostro inolvidable, sonrisa amplia y desorbitados ojos marrones.

Amélie habla de y con pasión, y es capaz de derretirse en agua cuando enfrenta el verdadero amor. Y si “son tiempos difíciles para los soñadores”, ella ya lo sabe. Entonces persevera. Y triunfa.